Últimamente una ola de nostalgia virtual por los tiempos pasados de la clase obrera se ha desparramado a través de las redes sociales propiciando una discusión sorprendente. Personajes del espectáculo moderno, en una versión empequeñecida y ciertamente underground, con un éxito relativo en las plataformas virtuales de comunicación del capitalismo contemporáneo, ahondan un poco más el agujero negro en el que se haya situado el debate social entre los restos de la izquierda. Una vuelta a remojarse en las aguas más estancadas del análisis del pensamiento crítico una vez que los remolinos de la post modernidad han resultado un fracaso. Los avances en la crítica de lo existente desarrollados desde hace años sobre la concepción fosilizada de la clase obrera ya en su ocaso fordista, son obviados por un infantilismo que convierte en una caricatura mitad meme mitad pintura del periodo del realismo socialista, el análisis de clase. Una vuelta en la burbuja de las ideas-imagen, de la apariencia mistificada reinante en las redes, a las apologías de las formas Estado-familia-partido-sindicato. Asistimos pues a la creación difusa de una vanguardia reaccionaria del pasado virtual. Un revisionismo de nuevo cuño sumergido en la ausencia de movimiento. Los cortes sucesivos que ha sufrido el hilo rojo de la historia han desembocado en una regresión absoluta del saber político. Las experiencias acumuladas que acompañaron la evolución y la revolución del conflicto social están aprisionadas por un montón de basura proveniente de la no experiencia acumulada en estos años. El aislamiento social en la comunidad virtual, la dejadez absoluta, el desinterés por crear acontecimientos inundan la esfera occidental tanto del pensamiento como de la intervención política . Las rupturas se muestran sólo llegando a contratiempo, de forma alocada, sin proceso para autoasimilarse. Y en este no lugar, donde el tiempo lineal conforma la incapacidad para el movimiento surge en grado estúpido y sin más motivo que su propia existencia, la nostalgia por la patología más enfermiza de la ideología izquierdista. La clase, un muro, su alma el partido- estado, y la militancia una familia. Unas categorías encerradas, nacidas de un mundo que ya no existe y que propician hoy, un entretenimiento cultural para ciertos sectores en los que el mercado de producción de debate en redes ha encontrado un pequeño nicho de negocio. Este mundo muerto y enterrado por la realidad actual fue hace décadas señalado como un cadáver en vías de descomposición por las subjetividades emergentes que apuntaban de forma en ocasiones dislocada y difusa que aquello olía ya muy mal. El estallido de la post modernidad sólo fue la consecuencia de una realidad cambiante. La fractura de las construcciones ideológicas de una izquierda atadas a unos modelos más que propiciar caminos hacia la liberación, fomentaron la imposibilidad de una ruptura con los sistemas de explotación y dominación. La izquierda de manual, del mito que justificaba el inmovilismo ante el cambio fue incapaz de converger con la ruptura social que estaba naciendo. Tuvimos la desgracia que los edificios en ruinas de la degeneración burocrática que durante décadas encerró la pulsión comunista del conflicto social, fueran derribados por la lógica del capital y no por la proletaria. El Capital logró tomar la iniciativa gracias precisamente a que se pudo sustentar sobre las ruinas de esos edificios. La incapacidad para recomponer un discurso revolucionario anclado en lo real llega hasta nuestros días y una vez que las mil mesetas post modernas se llenaron de turistas neoliberales, la apatía y el desconcierto son la moneda que representa el valor de cambio del pensamiento actual. La anécdota del rojipardismo no representa más que una anécdota. La pancartas en "defensa de Stalin" desplegadas aquí y allá son un residuo friki de grupúsculos efímeros. Es quizás peor el intento más serio de ciertos sectores de la socialdemocracia de nuevo cuño para reinventar la historia del PCE y su tradición, combinando a la Pasionaria con la ministra de Trabajo del gobierno del Estado español, es decir del stalinismo travestido en eurocomunismo para intentar asirse en la nada actual a un mito que en su tiempo ya fue desenmascarado definitivamente. Como sugería Marx en el 18 de Brumario
"La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal".
VANGUARDIA, CLASE Y OTRAS HISTORIAS.
Sin duda esa "misión histórica" de acabar con el capitalismo y de autodestruirse como clase que al proletariado le han encomendado de forma muy ambigua y mistificada los teóricos de la vanguardia revolucionaria desde afuera, ha tenido un adentro contradictorio, con tensiones irresolubles que derivaron una y otra vez en el abandono paulatino de esta supuesta determinación histórica, que nunca llegó a concretarse plenamente y que hace dudar razonablemente de todo, acumulando fracasos y posibilitando degeneraciones inmensas donde lejos de terminar con la explotación, con la separación del trabajador/a del fruto de su labor y destruir el modo de producción basado en el trabajo asalariado, se fundaron sistemas donde los y las trabajadoras eran simples números de maquinarias estatales que los administraban para una acumulación que también se basaba en su explotación como clase (los regímenes del llamado socialismo real) tanto en la producción de la fábrica del Capital como en la reproducción de la fuerza de trabajo en las que las mujeres siguieron ocupando su lugar subordinado a las necesidades del Estado como propietario de los medios productivos.
En todos los sucesos revolucionarios del SXX, las vanguardias que pensaban y actuaban como punta de lanza de esas experiencias se convirtieron tras un proceso inicial en el que su acción era dinámica en relación con la base del movimiento revolucionario y sus aspiraciones, que posibilitó llevarlas ciertamente a cotas superiores y saltar por encima de límites tácticos importantes, terminaron tras ocupar el poder desmontando todas las posibilidades de una autonomía de clase, solidificando las separaciones impuestas por el sistema capitalista, esta vez en periodos interminables de "transición socialista", donde las cabezas pensantes que estaban en el vértice del poder revolucionario se situaban por encima de cualquier decisión desde abajo, ignorando y reprimiendo las capacidades autodeterminantes de la clase, sometiendo todos los impulsos revolucionarios desde la base a las necesidades impuestas por las decisiones políticas desde arriba. De esta forma los problemas y las contradicciones que surgían dentro de la clase obrera son objetivados y puestos en una especie de geoestrategia política al margen de las personas, donde la decisión autodeterminada de la clase en toda su complejidad no es pertinente y se la pone en cuarentena hasta no se sabe que momento.
No queremos aquí discutir la necesidad de una "vanguardia" porque nos parece un debate falso y no nos interesa. Todos los procesos organizativos de una manera u otra llevan aparejados el surgimiento de minorías que terminan constituyéndose una vanguardia. El mismo debate teórico es algo que tiende a situarse por encima de la realidad comúnmente expresada y en la práctica de todas las luchas la calva de Lenin (prototipo de todas las cabezas vanguardistas) acaba por aparecer de una manera u otra. Negar la vanguardia es negar la realidad. Podemos denominar el proceso eufemísticamente como queramos pero no impedirá su aparición de u forma u otra. El problema en nuestra opinión es como la vanguardia, esa minoría en el frente que se funda organizada dentro de un movimiento social dado o en un proceso de transformación revolucionaria dentro de la lucha de clases, se separa y decide táctica y estratégicamente por su cuenta, acaparando y ejerciendo por ello el poder separado desde arriba. Esto deviene inevitablemente en un elemento disruptivo, que subyuga el elemento central mismo de cualquier proceso de liberación, que no es otro que la la afirmación autoconsciente de las capacidades propias para romper lo establecido.
Afortunadamente no obstante, y por otra parte trasladándonos a la realidad actual, todas las autodenominadas vanguardias responsables de todos los fracasos tanto en su vertiente pseudorevolucionaria como reformista han sido arrojadas al cubo de la historia. La llamada izquierda constituida en partidos, sindicatos combativos o grupúsculos que subsiste en algunos casos en la realidad virtual de las redes sociales o en proyectos electorales insertados plenamente dentro del sistema y que sólo asumen una capa de crítica reformista cada vez más delgada, ha dejado de ser una alternativa para un proceso de cambio radical. Así ya no existe ninguna vanguardia de la izquierda revolucionaria al viejo estilo que resulte mínimamente creíble y que se postule para iniciar un proceso revolucionario o de transformación en las relaciones sociales. Nuestra intención no es sacar a ésta izquierda de la morgue donde se halla almacenada aunque sí pensamos que de vez en cuando hay que diseccionar el cadáver para poder hacer una autopsia y estudiar sus enfermedades y degeneraciones más lastimosas.
Todo para el proletariado sin el proletariado.
Las certeza de una clase obrera monolítica ha sido construida sobre una mistificación. Muchas veces se ha confundido la abstracción que Marx hacía del proletariado con su realidad concreta. Se confunde la dialéctica marxiana que se expone a partir de categorías abstractas extirpadas de lo existente, estudiándolas. conceptualizándolas y luego una vez digeridas y establecidos estos conceptos, los utiliza como bisturí para volver a lo concreto y diseccionar adecuadamente la realidad material. En la más absoluta simplificación, esta dialéctica es convertida de manera tosca en una ideología de argamasa. Esta tendencia, mayoritaria en la izquierda de orientación marxista vulgar y ortodoxa (y alguna heterodoxa), que entiende la clase como un instrumento a manejar en manos de "revolucionarios profesionales" o de una "inteligentsia política" acarrea un desprecio manifiesto por entender la estructura del sujeto aludido, su realidad en relación a la producción capitalista y sus diferencias internas. Este desprecio se manifiesta conjuntamente además en una actuación que niega la capacidad de "las masas" y no sólo minusvalora la acción colectiva autónoma sino que le otorga un papel subalterno. La separación entre la vanguardia y el proletariado es así un hecho promovido de facto por la propia vanguardia. De manera práctica esto se traduce generalmente en un alejamiento tanto de cualquier dinámica autodeterminante desde abajo como de un distanciamiento físico de la clase.
El ejemplo más clásico y más conocido de el partido-vanguardia es el partido de Lenin durante la revolución rusa. Un partido que hunde sus raíces casi exclusivamente en ciertos centros industriales donde el proletariado ruso tiene un desarrollo avanzado y en algunos sectores intelectuales que abrazan el marxismo y que carece por el contrario de presencia entre la mayoría de la población rusa que es campesina. Al escribir sobre los primeros años del partido, un representante de la ortodoxia bolchevique tan eminente como Trotski admitía que «se habían ya formado en la ilegalidad rutinas de aparato, y se perfilaba un tipo de joven burócrata revolucionario. La conspiración limitaba estrechamente, a decir verdad, las formas de la democracia (elección, control, mandatos)
«El hombre del Comité», escribe Krupskaya, «era por lo general un individuo lleno de aplomo […] y, por regla general, no admitía ninguna democracia en el interior del partido […], no le gustaban las innovaciones […]; ni deseaba ni sabía adaptarse a condiciones que cambiaban rápidamente»
.Los dirigentes del partido (desde los miembros del Comité central hasta los que ocupaban puestos en los grupos locales) se habían colocado, merced a los efectos combinados de las condiciones de lucha contra el zarismo y de sus propias concepciones organizativas, en una situación que les permitía mantener sólo tenues lazos con el verdadero movimiento obrero. «Un verdadero agitador —escribía Lenin— que da muestras de talento, o parece al menos prometedor, no debería trabajar en la fábrica. Tenemos que ocuparnos de que viva con la ayuda del partido […] y pase a la clandestinidad. " De este modo la capacidad de "agitación con talento" , tiene que ser premiada con un puesto fuera de la fábrica para que tenga un resultado satisfactorio en los objetivos de la vanguardia política. En el ejemplo del partido de Lenin, para que un/a obrer@ pudiera convertirse en cuadro bolchevique, tenía que abandonar su trabajo y colocarse a disposición del partido, que le enviaba entonces a misiones especiales, a tal o cual ciudad. El aparato del partido estaba en manos de especialistas de la revolución. La contradicción consistía, pues, en que las verdaderas fuerzas vivas que daban su solidez al partido no podían controlarlo: en tanto que institución, el partido escapaba a todo control de la clase obrera rusa.
Esta misma estela de alejamiento y extirpación de la vanguardia del interior de la clase ha llevado a un desenlace teórico en el que la lucha de clases misma, dentro del corazón del taller capitalista, es minusvalorada y se niega el carácter político de la misma, arrinconando ideológicamente el combate de clase desde su base en un lugar "sindical", secundario y coyuntural, subordinado a la acción política del vértice que es quién decide los tiempos y marca los ritmos y quién tiene la capacidad de evaluar correctamente la estrategia y la táctica a seguir. Cualquier intención de volver a expresar la acción política desde dentro del cuerpo mismo de la clase es considerada como desviación "anarcosindicalista" o "izquierdismo".
Broué, uno de los más hábiles apologistas del bolchevismo, escribe por ejemplo en su historia del Partido bolchevique que «los miembros del partido bolchevique que eran más favorables a los soviets sólo veían en ellos, en el mejor de los casos, auxiliares del partido […] y sólo muy tarde descubrió el partido el papel que podría desempeñar en los soviets, y el interés que presentaban los soviets si se quería acrecentar la influencia del partido con vistas a dirigir a las masas". Sin embargo la actitud que durante cierto tiempo en el proceso revolucionario el partido bolchevique expresó respecto a la autonomía de la clase en los soviets, con pronunciamientos tácitos por parte de Lenin a su favor para derrocar el aparato político del poder burgués ruso, tuvo un desarrollo contradictorio que más tarde se resolvería en un sentido muy distinto a lo que en ese momento se promulgaba :”Los soviets locales pueden, según las condiciones de lugar y de tiempo, modificar, ensanchar y completar los principios básicos establecidos por el gobierno. La iniciativa creadora de las masas, éste es el factor fundamental de la nueva sociedad (...) El socialismo no es el resultado de los decretos venidos desde arriba. El automatismo administrativo y burocrático es extraño a su espíritu, el socialismo vivo, creador, es la obra de las propias masas populares”.( llamamiento del comité ejecutivo del 4 (17) de noviembre de 1917, que ha sido redactado por Lenin).
El momento en que coincidía la táctica insurreccional bolchevique decidida sobre todo por Lenin y Trotski y la consigna de "todo el poder a los soviets", y la acción de masas práctica que empujó después de la revolución de Febrero a una subversión generalizada, agudizando la lucha de clases y dominando cada vez más terrenos antes en manos del poder burgués, duró realmente muy poco. La lógica de la separación fue pronto restablecida cuando la vanguardia revolucionaria ocupó el papel dirigente de la economía socialista. El vaciamiento del poder de los comités de fábrica, verdaderos ejes de la autoridad proletaria en la base, precedió al de los soviets, pronto copados por el partido bolchevique como única fuerza dirigida a su vez por una instancia superior que decidía ya al margen, por encima y cuando era necesario contra la clase. Algo de lo que pese a las mistificaciones eran plenamente conscientes los dirigentes bolcheviques haciendo muchas veces gala en esos primeros momentos de una sinceridad pocas veces vista. El Partido/vanguardia presta atención a lo que piensan l@s trabajadores, más esto sólo con el objetivo de guiar y "educar" y si es necesario castigar a aquell@s obrer@s que no reconocen su autoridad. La dictadura del proletariado según reconoce Lenin en 1918 corresponde a un "gobierno para los trabajadores" y no es un "gobierno de los trabajadores". De esta forma la "dictadura del proletariado" es una ficción. Una vez en el poder los dirigentes bolcheviques evalúan que los trabajadores están "atrasados", no les corresponde a ell@s directamente organizar el poder ni tomar decisiones, vuelven a ser una masa a moldear, obligada al sacrificio y la muerte si es necesario pero incapacitada para hacerse con las riendas de su vida. El proceso ideológico que hace del partido bolchevique un gestor del Estado soviético, es complejo y no se puede tampoco simplificar pero significativamente hunde sus raíces en la concepción leninista de "la conciencia desde afuera" de la clase, del partido como entidad aparte, adaptado a una realidad concreta que es la rusa, donde se supone un proletariado poco desarrollado e incapaz de desarrollar su interés como clase independiente de forma autoconsciente como Marx y la primera internacional promulgaban. Las proclamas de Lenin en las "tareas del poder soviético" donde desdiciéndose de lo dicho pocos años antes sobre los métodos tayloristas de trabajo en el capitalismo, asume que para 1918 la introducción de una regulación estricta del trabajo y la implementación de las técnicas administrativas estadounidenses eran necesarias en la URSS. Para Lenin el deber del poder soviético, ya como instrumento en manos de la intelligentsia del partido, es con toda amplitud decir al proletariado ruso que debe aprender a trabajar. El obrero ruso para Lenin es un mal trabajador. El partido bolchevique adoptando ya el punto de vista como gestor de las directivas de la producción, se encamina a disciplinar a un proletariado que le empieza a dar terror. La guerra civil en la que Rusia está sumergida provoca un cambio en la composición social del proletariado. Si durante 1917 los militantes bolcheviques formados durante años en la práctica del partido habían obtenido lazos más o menos sólidos de influencia decisiva en las fábricas y eran influyentes en todas las asambleas, poco a poco esta situación fue cambiando. El descontento obrero en todos los centros industriales iba creciendo, miles de exsoldados llegaban desde el frente, la clase trabajadora estaba mutando con los cambios producidos por la guerra y la revolución. Los militantes bolcheviques más destacados ocupando puestos de dirección tanto en el Estado como en el Ejército revolucionario no controlaban desde dentro los múltiples devenires del proletariado ruso. La aversión que empezaron a despertar los comisarios en la clase obrera rusa, la realidad de un mercado negro de supervivencia, la realidad de una producción negra al margen de la oficial donde l@s trabajadores se veían obligad@s para sobrevivir a fabricar y desviar otras mercancías diferentes a las que se suponía que les correspondía fabricar, por no hablar de la situación en el campo donde la mayoría de campesinos sentían un odio feroz contra los bolcheviques que les requisaban la producción.
Este hecho puede verse reflejado en la naturaleza cambiante de la base del partido. En septiembre de 1920, 6441 miembros eran parte del Ejército Rojo (solo 2500 de ellos eran tropas activas), 9684 estaban empleados en la administración del gobierno, 1930 eran organizadores del Partido y 1042 eran funcionarios sindicales y ¡personal de contabilidad! (Pirani, La revolución rusa en retirada) Casi 20.000 miembros de 35.000 no participaron directamente en el proceso productivo. La base material del partido había comenzado a desplazarse hacia la perpetuación de sus propios intereses, identificados con el estado soviético, más que con los de los trabajadores.
La vanguardia bolchevique incapaz desde dentro para inducir cambios en la marea descontrolada de la revolución y ante el crecimiento de la influencia de otras tendencias revolucionarias como los anarquistas o los social revolucionarios de izquierda, provocó y dirigió su propio Thermidor. Durante algún tiempo, tras el aplastamiento de las revueltas campesinas y de las huelgas, de la insurrección ucraniana de Makhno, de los soviets libres de Krondstadt, de la oposición obrera dentro del mismo partido, de las restantes fuerzas de izquierda y de su prensa, y tras la instauración de la Nueva Política Económica pareció que el poder bolchevique había sobrevivido a todas las turbulencias implementando esta contrarrevolución desde dentro y reconduciendo la situación. Sin embargo pronto el mismo poder bolchevique se vio envuelto en un proceso canibalístico comandado por Stalin que acabó subsumiendo el partido en una montaña de muertos, donde la vieja vanguardia bolchevique fue eliminada por el mismo poder que impulsó, estableciendo un régimen absolutista donde la clase obrera y el campesinado era privado de los derechos más básicos, dirigido a la muerte, internado en campos o trasladado según las decisiones totalitarias de un poder concentrado para el desarrollo de un capitalismo de Estado de cuño nuevo en la historia.
Este modelo fracasado desde una perspectiva revolucionaria y que se desarrolló en la URSS, el partido-vanguardia bolchevique, en múltiples variantes, con el patrocinio o la ignorancia del Estado soviético, fue durante un tiempo predominante en gran parte de las naciones occidentales y parte de las tercer mundo (otros modelos vanguardistas que no analizaremos aquí por cuestión de espacio como el modelo maoista en China, el surgido de la revolución cubana en latinoamérica u otros proyectos anticoloniales de corte socialista fueron sustancialmente diferentes en forma y fondo) pero ya no consiguió en ninguna ocasión tomar el poder según los esquemas de la revolución de Octubre. La victoria bolchevique a pesar de todo siguió siendo un faro importante para las aspiraciones revolucionarias en todo el mundo, contradictoriamente y de forma mistificada, con formas complejas según momento y territorio. El mito bolchevique jugó un papel importante en todas las revueltas, en l@s militantes que tomaron las armas contra la injusticia y en todas las vanguardias habidas en la izquierda en el pasado siglo XX. Así durante años prevaleció la idea inamovible en amplios sectores ideológicos de izquierda respecto a un proletariado a la espera de ser organizado, concienciado y agrupado por un grupo de dirigentes externos portadores del conocimiento de una ciencia infalible. El proletariado, la clase, no tiene de este modo la capacidad para desarrollar una autoemancipación per se, su lucha no es nada. o muy poco, si no está guiada de la manera adecuada por unos agentes que tienen el documento oficial expedido por el ministerio del marxismo-leninismo instituido. El partido obrero ya no es más la expresión política de la lucha de clases del proletariado autónomo sino su cárcel inevitable.
Este modelo hace aguas a partir del 68 europeo y de la transformación radical que sufre el proletariado industrial dominante hasta entonces y sobre el que jugaba la forma partido leninista y acaba definitivamente con el derrumbe del bloque soviético.
Mirar desde dentro, la vanguardia en lo interno.
El estudio histórico que hace E.H Thompson en "La formación de la clase obrera en Inglaterra", precisamente en plena crisis del modelo leninista y de la "vulgata" marxista del bloque soviético, aporta una visión radicalmente distinta de la realidad de la clase obrera alejada de las visiones mistificadas que fundaron las ideologías dominantes del pensamiento revolucionario. El método que emplea para estudiar desde afuera es meterse y permanecer dentro. Desentrañar las subjetividades de los sujetos insertados en el modo de producción naciente y su conformación. Así aparecen elementos de todo tipo ocultos hasta entonces. La diversidad de puntos de vista según segmentos, localidades, oficio, cultura organizativa y de lucha, la aparición de las mujeres como parte fundamental de la clase, confieren un mosaico totalmente alejado de la visión monolítica que se tenía hasta entonces. El estudio histórico mediante éste método genera entonces, no una utilización sociológica que no nos interesa para nada, sino también la posibilidad de una intervención política militante.
En este punto en la época de crisis, de agudización de la lucha de clases a finales de los 60, aparece en Italia el llamado operaismo que tendrá una influencia determinante en los 10 años de conflicto social conocido por el "largo otoño italiano" y que seguirá o se inspirará en el método de E.H Thompson para intervenir en las luchas obreras y provocar saltos, rupturas y acrecentar el antagonismo. La función más o menos típica de lo que se puede esperar de una vanguardia, pero en este caso no separada en un terreno "político" sino haciendo política en el terreno mismo del conflicto en la producción capitalista. La lucha de clases desde dentro de la fábrica como escuela de antagonismo y como terreno sobre el que se construye la autonomía proletaria que rechaza el compromiso, el sindicato y el partido. El cuestionamiento de la vanguardia externa y de la diferenciación entre político y económico. La clase obrera ya no espera órdenes desde afuera sino que toma el mando y las da. No sólo como elemento despegado de la subordinación a la iniciativa del Capital, sino también como poder autónomo de la representatividad de los organismos institucionales del movimiento obrero. De éste proceso nacieron experiencias que enriquecieron el saber y el conocimiento por y para la subversión social tanto a nivel de investigación teórica como práctica. La llamada encuesta obrera, forma de investigación militante en los lugares de trabajo para conocer la composición de clase, sus particularidades culturales, técnicas, históricas, y poder desarrollar una acción más afinada desde un punto de vista proletario y de ataque al Capital. Esta militancia de la investigación práctica anticapitalista, tenía una utilidad comunista para atacar el dominio del Capital en todos los órdenes. La lucha por la autonomía frente al Capital, desarrollaba teóricamente también, la crítica a la deriva estatista y al socialismo como transición. Los procesos de reestructuración capitalista fueron contestados con un intento de reagrupamiento proletario en momentos críticos de cambio de la composición de clase del proletariado industrial. Desde la diversidad social que estaba naciendo, entre trabajadores, jóvenes, mujeres, marginad@s sociales, el movimiento en Italia fue el intento moderno más concreto en una sociedad avanzada y desarrollada del mundo occidental para enfrentarse al modelo capitalista sin pasar por la tradición de la III internacional. El sistema de partidos en Italia, del que el Partido Comunista es una parte fundamental se opone con todas sus fuerzas a este intento. La nueva composición de clase irrumpe de forma disruptiva también fuera del taller, en el terreno de la sociedad-fábrica, en un conflicto en el que la mediación institucional es el enemigo. Según Sergio Bologna en su clásico e imprescindible texto para entender el proceso italiano "The Tribe of Moles":
"Una parte considerable del comportamiento político del joven proletariado durante las luchas recientes debe entenderse a partir de la ciudad como un espacio de intervención en la dinámica de clases. La mítica "reconquista de los centros urbanos" es una reacción a la amenaza marginalizadora que está provocando la alianza impía del "lobby de la construcción" y el "sistema de partidos".
Dentro de esta "reconquista de los centros de la ciudad" está el deseo de contar como sujeto político, de romper los equilibrios institucionales, de interferir una vez más en las relaciones internas del "sistema de partidos", un rechazo a ser catalogado como un "área de cultura". " y sigue "Pero antes de continuar, debemos volver al evento decisivo que comenzó a transformar las condiciones del movimiento desde 1970-71, todavía en la fase anterior: el nacimiento del movimiento feminista. Esto planteó inmediatamente una cuestión de hegemonía sobre todo el tejido social, por lo que era análogo, en su dimensión y sus reivindicaciones, a la hegemonía del trabajador de masas. Los intereses específicos y autónomos de las mujeres, organizados por mujeres, no solo desafían directamente las relaciones familiares de producción. también, al tomar una forma política autónoma como movimiento feminista independiente, supusieron una separación radical de las mediaciones del "sistema de partidos", de la representación sindical, pero también, sobre todo, de los propios grupos revolucionarios de izquierda. Con el autodescubrimiento de las mujeres y su pretensión de controlar sus cuerpos, sus propias necesidades y deseos, su subjetividad, vemos el comienzo de una nueva crítica de la militancia alienada, uno de los temas clave del movimiento en la segunda fase, pero también, y más fundamentalmente, el punto de partida para la temática general de necesidades dentro del movimiento".
La interrupción intempestiva de todo un panorama nuevo en la composición social y política anticapitalista y revolucionaria viene marcado por los cambios en la estructura productiva capitalista que marca las bases de lo que hoy vivimos. La desestructuración y deslocalización emergente no es pues a priori un obstáculo para el antagonismo de clase sino que la inteligencia subversiva fluye en ese esquema, intentando recomponer el proceso por y para el contrapoder revolucionario que rompe los moldes del inmovilismo del consenso, de la "coexistencia pacífica", del status quo imperante:
Esta cadena de descentralización infinita es uno de los elementos más "progresistas" del capitalismo actual; es un arma de masificación mucho más poderosa que la línea de montaje. La fábrica, como institución cada vez más "garantizada" y "protegida", se aisló social y políticamente. No permitía la entrada a jóvenes, mujeres, estudiantes; impuso sus jerarquías y sus compartimentaciones al conjunto de la sociedad; desempeñó un papel normativo como forma social completa y perfecta. Se ha hecho necesario cercar y envolver la fábrica, y esta cadena de descentralización infinita nos ofrece las bases materiales para hacerlo. El proceso de descentralización ha creado un gran número de aperturas en las que las mujeres, los jóvenes, los estudiantes, y los trabajadores despedidos se han insertado, asumiendo el aspecto de trabajadores asalariados. Y mientras tanto, miles de trabajadores asalariados han estado saliendo de las fábricas hacia las universidades, asumiendo el estatus de estudiantes. Ambos son movimientos en el área de la demografía política, porque el estatus del trabajador asalariado y el estatus del estudiante tienen una legitimación precisa dentro del sistema de conflicto institucional en nuestro país. Todo el mecanismo de reproducción de clases tenía la institución de la fábrica como base fundamental (con el desarrollo de un sistema de garantías sindicales, una "aristocracia obrera")
Sin embargo este movimiento que crecía en los albores de la sociedad postindustrial tuvo 2 muros que no pudo sortear. La recomposición política pretendida por una parte del movimiento, quizás la más militante, la más organizada y la que tuvo la posibilidad de llevar la iniciativa, para construir el "partido armado" que lograra pasar por la "puerta estrecha" de la guerra civil latente y reagrupar el ataque difuso en una práctica armada, resultó un fracaso. No sólo por la verticalidad impuesta por la estrategia de las Brigadas Rojas y su "ataque al corazón del Estado", sino también por la sobreestimación de la capacidad que tenía el movimiento en sus múltiples ramificaciones para asumirla.
El muro definitivo que paró el devenir de este intento fue la represión masiva del Estado, y cuando nos referimos al Estado, integramos en él al Partido Comunista Italiano y al sindicato. La vieja sociedad en todas sus formas unida para acabar con la potencialidad de un nuevo sujeto proletario, que se movía como pez en el agua en la desestructuración social.
La postmodernidad no mató aquí la revolución, lo hizo toda la maquinaria vieja de la izquierda puesta al servicio de las nuevas necesidades capitalistas. Al final las necesidades capitalistas acabaron también con esa vieja maquinaria y parte de sus integrantes se unieron en la debacle postmoderna a los renegados de la revolución.
Posiblemente ésta fuera la última experiencia europea donde el hilo rojo de la historia tuvo un sentido en la práctica. Las luchas encadenadas desde los soviets derivados del bienio rosso italiano, pasando por la resistencia contra los fascistas, las luchas autónomas en las fábricas, hasta el movimiento del 77 se mostraban como un continuum de experimentación revolucionaria progresiva, como si esa misión histórica se renovara con el tiempo en una tensión rupturista y viva. Este hilo rojo no fue conducido por ningún partido- vanguardia aunque no podemos obviar que la lucha si utilizó en una buena parte del periodo aludido la presencia y fuerza de la forma partido. El movimiento del 77 fue un salto no obstante, demasiado grande y demasiado pronto quizás para desarrollarse por completo y llegar a enlazar con el presente. Las contradicciones entre la necesidad práctica de la organización militante de vanguardia y la naturaleza antivanguardista del movimiento no fueron resueltas. Los acontecimientos y las torpezas no dieron tiempo a ello.
Sin embargo es una historia reciente, no ajena en muchos aspectos al presente. Una historia olvidada a posta, pero cuyo material teórico y práctico se desarrolló en un contexto en el que hoy todavía podemos reconocer elementos comunes. No precisamente en las ocupaciones de las grandes fábricas por el proletariado juvenil que había entrado recientemente en ellas, sino en la lucha de las mujeres por el salario doméstico, contra la familia, por el aborto y el control de la natalidad, en los disturbios en la metrópoli, en la explosión de las identidades disruptivas contra el sistema, en los sabotajes a los centros de explotación del trabajo negro, en la rabia desatada del rechazo sin mediación , en la violencia proletaria contra la sociedad del Capital
SIN TEORÍA REVOLUCIONARIA NO HAY PRÁCTICA REVOLUCIONARIA (y viceversa)
La reflexión de Lenin sigue estando presente. Históricamente rodeó todas las experiencias revolucionarias que conocemos y en el vacío actual sigue invitando a pensar. No obstante la frase venía seguida por una afirmación que nos aleja del presente: “sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”.
Esto ya nos suena a chino, o a hebreo antiguo escrito en un pergamino del Antiguo Testamento. La herencia del pensamiento leninista apologética de la separación de una vanguardia convertida en Estado mayor revolucionario, portadora del saber estratégico del conflicto, pesó siempre mucho más en la nebulosa del debate teórico que otras tendencias derivadas del anarquismo o más concretamente del anarcosindicalismo en las cuales parecía no haber teoría o al menos no se concretaba tan intensamente lógica y desarrollada como las disertaciones de Lenin que lideraron los procesos y estallidos revolucionarios del siglo XX. La trayectoria de la intelectualidad académica marxista que raramente osaba desdecir a Lenin conservando el mito de Octubre como algo sagrado que no se podía tocar, y lo atrayente de la capacidad de su pensamiento por encima de las decisiones concretas en las que Lenin tuvo parte principal, acrecentó la conservación y veneración de la momia en el mausoleo. Es muy curioso como la figura de Lenin atraía hasta a sus críticos más consecuentes. La admiración por su capacidad intelectual y su habilidad táctica fue común entre las personas que lo criticaron. Desde anarquistas como Alexander Berkman, bolcheviques críticas como Kollontai o Mianiskov, o consejistas sobre los que Lenin disparaba críticas sin cesar como Pannekoek o Gorter expresaron alguna vez como el resplandor de su calva reluciente los había maravillado. Incluso hoy en día, con esa supuesta "vuelta a Marx" que sobrevuela las academias del pensamiento, insertas en las esferas intelectuales aisladas en Europa de cualquier contacto subversivo, o en la América Latina al calor de los acontecimientos de la revuelta, meterse a criticar a Lenin es todavía un acto visto como "infantil".
De este modo la práctica anarquista siempre ha sido vista por la inteligentsia como cosa de niñas, contextualizada como ajena a la historia y subsumida en un relato simpático pero poco enriquecedor para el proceso general revolucionario. Y no les falta razón en ciertos aspectos. La experiencia de Julio del 36 cuando la CNT, la única organización viviente de tipo anarquista que agrupó a la mayoría del proletariado revolucionario, una vez ganada la insurrección contra los fascistas en Catalunya, entrega el poder a los burgueses y declina destruir el aparato estatal republicano, fue el colmo de todos los procesos revolucionarios. Hasta entonces la práctica anarquista era siempre algo fiable. Incluso Lenin decía que valía más un anarquista que 40 mencheviques. Los anarquistas y anarcosindicalistas siempre en minoría eran los primeros en el frente de la revolución, apoyando las medidas más radicales, ya fuera en la revolución rusa, en la alemana o en la China premaoista. En el único sitio donde eran mayoría aplastante, a la hora de la verdad no dieron el salto. Julio del 36 en Catalunya no fue el Octubre ruso porque no se dio la consigna de tomar el palacio de Invierno. Companys recibió en su despacho de la Generalitat a los líderes triunfantes insurrectos y con buenas palabras les arrebató el poder.
No había teoría revolucionaria en la Confederación, o por lo menos no había una estrategia sobre que hacer con el poder una vez vencido al enemigo. Los principios fundamentales de democracia directa y consulta a la base fueron despreciados no para instituir una dictadura de clase sino para no acabar con el poder político de la burguesía. Esto dio tiempo suficiente a las fuerzas burguesas para recomponerse, retomar posiciones y al final con la ayuda de la reacción stalinista y la complicidad de la burocracia estatal cenetista y sus ministros, acabar con las conquistas revolucionarias ya en Mayo del 37.
El círculo se cierra pues. La herencia anarquista en este sentido es inútil, otro mito alimentado por la adoración a las siglas y al fósil de museo.
Sin embargo en la tradición de la práctica anarquista y en relación al sujeto revolucionario hay bastante a rescatar. Para el anarquismo la clase obrera no era un elemento ajeno a manejar. Sólo desde dentro de ella se podía romper con la explotación y la opresión del poder capitalista. Si exceptuamos a los padres de la anarquía, nobles renegados del imperio ruso, los líderes anarquistas fueron siempre obrer@s, autodidactas, personas que venían de lo más bajo para asaltar los cielos: Malatesta, Majno, Emma Goldman Durruti, Ascaso, García Oliver.... No fue nunca demasiado relevante la teoría anarquista, la pequeña élite intelectual de la anarquía no acertó a desarrollar una teoría convincente. Incluso el lider anarquista por antonomasia Durruti, nunca llegó a escribir nada. La trayectoria Marxista fue siempre diferente: Marx, Engels, Lenin, Pannekoek, Luxemburg, Kollontai, Bordiga, Mao, Guevara, etc tod@s provenientes de familias de las capas media/altas de la sociedad burguesa ( quizás Gramsci fuera una notable excepción). No es que esto sea algo criticable per se, al contrario, que personas que utilicen su posición privilegiada en relación al acceso al conocimiento intelectual, la utilicen para entregarse a la "causa proletaria" es digno de admirar : "La ciencia no debe ser una diversión egoísta: aquellos que tienen la suerte de poderse dedicar a fines científicos, también deben ser los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad" (Karl Marx) .Sin embargo es un fenómeno corriente en la historia de la teoría revolucionaria, y un dato del que no nos podemos desprender para estudiar las contradicciones que generaron el desvío burocrático.
L@s anarquistas en su práctica histórica tampoco tenían una concepción única del sujeto revolucionario. La clase obrera no era la única elegida para asaltar los cielos. Campesin@s, lumpenproletariado, pequeño burgueses radicalizados y llenos de rabia eran también llamados a subvertir el orden establecido por la autoridad. Múltiples agentes que se engarzaban en el combate contra el Estado y el poder eran valorizados por la anarquía mucho antes que la post modernidad hubiera entrado en la escena cambiante del mundo contemporáneo.
Esta visión amplia, no dogmática del sujeto, en donde se valoriza el antagonismo más que una estructura monolítica de clase, puede ser rescatable si queremos buscar en el pasado un nexo con el presente.
Ahora bien, este maremagum corre el riesgo de volverse una vez más confusión e ineficacia, desconocimiento más que potencialidad. Sin duda volver a Marx sigue siendo inevitable para explicar y construir una realidad teórica hoy en día. Destapar los talleres ocultos de la explotación y de la opresión, y construir la estrategia revolucionaria no obstante tiene que hacerse desde el movimiento real autoconsciente, cosa que actualmente es difícil de identificar en el territorio occidental. La discusión paralela en ámbitos separados del combate de clase sólo es entretenimiento ideológico para minorías intelectuales o para restos desperdigados del naufragio izquierdista que navegan hacia el salvamento institucional o al negocio de producción de mercancía cultural en redes virtuales. De éste falso debate en este escenario de cartón piedra sólo podrá salir mierda. Vieja mierda.

