En el Times de noviembre de 1857 se encuentra un graciosísimo alarido de furor proferido por un planter de las Indias Occidentales. Con gran indignación moral este abogado, como alegato en pro de que se reimplante la esclavitud de los negros, explica como los quasees (los niggers libres de Jamaica) se conforman con producir lo estrictamente necesario para su propio consumo y, aparte de este "valor de uso" consideran la holgazanería como el artículo de lujo por excelencia; como les importa un pito el azúcar y el capital fixe invertido en las plantaciones; antes bien, se sonríen sardónicamente, con alegría malévola e irónica ,en las narices del planter amenazado por la ruina; el cristianismo que se les enseñara, incluso, lo explotan únicamente como cohonestación de su sentimiento de alegría malévola y de su indolencia. Han dejado de ser esclavos, pero no para transformarse en trabajadores asalariados, sino en self-sustaining peasants que trabajan para su consumo estrictamente necesario..."
Grundisse 1857-1858 Karl Marx.
En el Estado español este hecho se hace notar especialmente en un sector clave de la economía local como es la hostelería y el turismo, generador del 17% del PIB. Un entramado que ocupa a un millón y medio de personas empleadas y que se ha visto especialmente afectado por las restricciones del Covid. La incapacidad de la estructura económica española para sortear la dependencia de una fuente de plusvalía tan esencial en la misma y tan sujeta al devenir caótico de las subidas y bajadas de las sucesivas olas de contagio durante los últimos meses, hace mucho más importante el problema que supone la escasez de mano de obra en el sector. Economistas y empresarios se preguntan a coro con estupefacción y rabia contenida como es posible que en un territorio con cerca del 20% de paro subiendo hasta el 40% en los jóvenes, haya esta clase de problemas. Evidentemente estos personajes hacen gala de una hipocresía mayúscula al plantearse ésto aunque a priori pudiéramos contemplar como "razonables" tales interrogantes.
La fuerza de trabajo, como todos y todas sabemos es una mercancía particular sujeta sin embargo a las leyes de la oferta y la demanda. Cuando hay mucha demanda y poca oferta ésta mercancía tiende a acrecentar su valor de cambio que es así mismo un valor de uso para los empresarios. De esta manera los y las trabajadoras tienen mayor valor y los salarios deben ser más altos. Es bien conocido como en el Estado español particularmente la tendencia hacia un debilitamiento salarial generalizado reposa especialmente en la dinámica económica basada en este sector que dada su importancia actúa como palanca hacia todos los demás sectores, tirando a la baja la remuneración salarial general. Es decir, los bajos salarios en el sector de la hostelería y el turismo actúan de una manera u otra, no sólo a nivel estadístico sino por influencia directa en lo que el Capital establece como tendencia global para calcular los índices salariales más allá de las posibilidades que cada sector independiente podría tener para aumentar los salarios. Es decir, los patronos de varios sectores productivos tienen un arma en la consolidación de bajos salarios en un sector productivo clave y masivo, para así amedrentar y utilizar esto en la imposición de una contención salarial generalizada a todos los y las trabajadoras.
No obstante no es este el tema que nos interesa aquí. Lo que nos interesa es el cambio del comportamiento de clase y de rechazo al trabajo ocurrido tras la pandemia. Si bien el trabajo en la hostelería y en otros trabajos relacionados con el sector turístico era autoasumido como la condena inevitable para la supervivencia temporal de una parte importante de la clase trabajadora, parece ser que hasta ahora los empresarios tenían un buen ejército de reserva para ser empleado sin mayores problemas. No cabe duda que los cambios en los comportamientos de la clase trabajadora y por tanto en su conciencia vienen determinados por los cambios en las relaciones de producción, en relación a esto resulta muy evidente que el cierre y los despidos alternantes e imprevistos durante la pandemia han causado un replanteamiento explícito en la masa de trabajadores/as de la hostelería de la nula rentabilidad y seguridad que supone vender la fuerza de trabajo en este sector.
La pandemia también está teniendo un efecto que no es nuevo en este tipo de situaciones. El miedo al contagio, la muerte esperando a la vuelta de la esquina y la incertidumbre generalizada en una sociedad donde la incertidumbre era ya una seña de identidad de la misma (llueve sobre mojado) nos retrotrae a lo que señalaba Silvia Federici en "Calibán y La Bruja" en relación a las consecuencias de la Peste Negra en Europa durante el s XIV:
"Las jerarquías sociales se pusieron patas arriba debido al efecto nivelador de la morbilidad generalizada. La familiaridad con la muerte también debilitó la disciplina social. Enfrentada a la posibilidad de una muerte repentina, la gente ya no se preocupaba por trabajar o por acatar las regulaciones sociales y sexuales, trataba de pasarlo lo mejor posible, regalándose una fiesta tras otra sin pensar en el futuro.
La consecuencia más importante de la peste fue, sin embargo, la intensificación de la crisis del trabajo generada por el conflicto de clase: al diezmarse la mano de obra, los trabajadores se tornaron extremadamente escasos, su coste creció hasta niveles críticos y se fortaleció la determinación de la gente a romper las ataduras del dominio feudal. Como señala Christopher Dyer, la escasez de mano de obra causada por la epidemia modificó las relaciones de poder en beneficio de las clases bajas. En épocas en que la tierra era escasa, era posible controlar a los campesinos a través de la amenaza de la expulsión. Pero una vez que la población fue diezmada y había abundancia de tierra, las amenazasde los señores dejaron de tener un efecto significativo, ahora los campesinos podían moverse libremente y hallar nuevas tierras para cultivar (Dyer, 1968: 26). Así, mientras los cultivos se pudrían y el ganado caminaba sin rumbo por los campos, los campesinos y artesanos se adueñaron repentinamente de la situación. Un síntoma de este nuevo rumbo fue el aumento de las huelgas de inquilinos, reforzadas por las amenazas de éxodo en masa a otras tierras o a la ciudad. Tal y como las crónicas feudales muestran de forma escueta, los campesinos «se negaban a pagar» (negant solvere). También declaraban que «ya no seguirían las costumbres» (negant consuetudines) y que ignorarían las órdenes de los señores de reparar sus casas, limpiar las acequias o atrapar a los siervos fugados (ibidem: 24).
Hacia finales del siglo XIV la negativa a pagar la renta y brindar servicios se había convertido en un fenómeno colectivo."
No es que queramos asimilar la situación actual a lo que pasó en Europa con la pandemia de la Peste Negra y sus consecuencias en las clases subalternas de aquella época, aunque es muy interesante el hecho de cómo una convulsión general sanitaria de dimensiones gigantescas fue rompiendo el disciplinamiento social imperante en un proceso que agudizó el conflicto social durante décadas, empoderando más que nunca a los sujetos entonces destinados a ser fuente de explotación y que acabó en una guerra social abierta con rebeliones por doquier durante el SXV y XVI.
Los sistemas de control y disciplina social están no obstante infinitamente más desarrollados y perfeccionados en la sociedad del capitalismo tecnológico que en la Baja edad media. Sin embargo el proceso generado con la aparición de la pandemia no puede sino hacer que veamos un nexo de unión al respecto.
El discurso generado por los gestores del Capital durante el Covid al respecto de la "responsabilidad" y la necesidad del orden establecido por y para la salud general sostenedora de la producción de beneficio capitalista, tiene unas grietas abiertas muy visibles por las que se cuelan comportamientos díscolos y subversivos expresados a veces de modo "irracional" y a simple vista totalmente caóticos. En el sistema capitalista contemporáneo donde la fábrica se extiende por todos los rincones de la sociedad hasta llegar hasta los lugares más íntimos antes nunca explotados, las contradicciones subyacentes en el mismo explotan de forma compleja y se manifiestan desestructuradas en expresiones fuera del marco que hasta ahora conocíamos y que nos daba cierta confianza para encontrar un cauce político que les diera curso. Sin embargo desconocer los mecanismos del conflicto y del devenir del mismo no implica que éste siga latente y manifestándose por doquier.
El "carpe diem" al margen de las indicaciones sanitarias y de toda su normativa social, que una gran parte de la juventud hace suyo, no sólo es producto de una tendencia tóxica y contaminada por décadas de consumismo hiperacelerado y enajenado, sino que expresa una subjetividad al margen de una vida dirigida con el único objetivo de la producción a través del trabajo asalariado.
El sentido de la criminalización y el uso policial para reprimir tales comportamientos juveniles se nos asemeja bastante a los exabruptos protagonizados por los empresarios de la hostelería últimamente desesperados por no encontrar mano de obra. Con una sutil diferencia, no hay nada peor para la mentalidad empresarial y su moral emprendedora que no querer trabajar. Se supone que el y la trabajadora son libres de vender o no su fuerza de trabajo hasta que éstos se niegan a hacerlo. Entonces deben de ser obligados/as de una manera u otra. A parte del ridículo risible y patético que supone la figura esperpéntica del patrono explotador casi siempre masculino y con exceso de peso que clama echando babas que no se quiere trabajar por culpa de los subsidios y del supuesto colchón social de las ayudas del paupérrimo ingreso mínimo de inserción, el hecho nos muestra que la autovaloración obrera que supone el rechazo al trabajo es infinitamente más disruptiva que la dinámica reivindicativa sindical al uso y causa un pavor sin frenos en la clase encargada de seguir manteniendo la acumulación capitalista. Podemos retroceder otra vez al pasado lejano, cuando la formación de la clase obrera estaba en proceso y ver reacciones curiosamente semejantes que explican que aunque las condiciones hayan mutado radicalmente el meollo de la cuestión sigue siendo el mismo. Según nos muestra E.P Thompson en su voluminoso libro "La formación de de la clase obrera en Inglaterra", al respecto de las leyes de asistencia a los pobres establecidas en los albores del SXIX , la revista Commercial and Agriculture Magazine protestaba: "los pobres de la aldea son pícaros intencionados que bajo diversos pretextos, intentan estafar a la parroquia y aplican todos sus recursos para practicar el engaño, que les puedan proporcionar un subsidio en dinero de los asistentes de la parroquia para sus fines ociosos y libertinos".
Los inspectores de tales leyes constatan sabotajes, amenazas a los comisarios, un "espíritu servil y astuto" o "taciturno y malhumorado" entre los pobres. Desde el punto de vista de los pobres sin embargo se ve de otra manera "Sería mejor para nosotros convertirnos inmediatamente en esclavos que trabajar bajo este sistema... cuando un hombre tiene el ánimo abatido ¿para que sirve?....nos mantienen aquí con los impuestos para asistir a los pobres como si fuéramos patatas en el hoyo, y sólo nos cogen para utilizarnos cuando ya no pueden pasar sin nosotros"
Las leyes sobre los pobres vinieron tras las "enclousers" o cercamientos que supusieron un crack en los últimos reductos del modo de vida de la comunidad campesina inglesa dejando todas las certidumbres antes sostenidas en un modo de producción determinado, llevando a la desesperación y a una sensación generalizada entre la masa empobrecida de replanteamiento del sentido de la existencia bajo el orden económico impuesto. Esto no sólo trajo consigo la supuesta "picaresca" y la exigencia del sostenimiento vital a través de subsidios como contrapartida al robo de tierras comunales por parte de los grandes arrendatarios agrícolas, sino que dio paso a una ola de rechazo a las nuevas formas de trabajo asalariado que se querían imponer en las fábricas hilanderas con el desarrollo de la mecanización, conformándose como una apisonadora destructora de máquinas el movimiento del los y las ludditas que puso en peligro la estabilidad del imperio inglés en su centro mismo y que necesitó de una guerra abierta con la intervención durante años del ejército en campañas militares y la promulgación de las primeras leyes especiales y extraordinarias conocidas en el mundo moderno para lograr sofocar la protesta. No es una casualidad sin motivo por tanto que la guerra cruenta contra los y las ludditas fuera de una intensidad mucho mayor que todas las medidas que aplicaron contra el posterior movimiento cartista . Los ludditas rechazaban de plano el nuevo modo de vida existente mientras que los cartistas sólo querían introducir mejoras sustanciales aceptándolo de hecho.
El rechazo al trabajo tiene esa cualidad intrínseca que el modo de producción capitalista basado en la explotación de fuerza de trabajo no puede soportar. Es un cambio de paradigma que va más allá de una cuestión reformista aunque a muchos les interese quedarse solamente en esta.
Volviendo a la actualidad en el tema central del que nos ocupamos, es significativo que la opción de las personas empleadas en los mercados laborales precarios que aglutinan gran parte de la economía actual, haya sido una tendencia creciente al abandono del trabajo antes que la batalla sindical. Desde este punto de vista creemos que una estrategia destinada a conseguir mejoras en estos sectores planteada casi siempre desde fuera por sindicatos e izquierda no es la correcta. Si hay algo que agradecer a toda la situación post covid es que la alternativa de parar de producir es una alternativa que se muestra sensatamente viable y saludable. Se debe incidir en la extensión de las garantías para no trabajar y poder vivir. No cómo caridad o como la estúpida alternativa de la renta básica que pretende otra vez un capitalismo amable de rostro humano ( para los países imperialistas claro), sino como palanca de lucha colectiva contra el caos de la acumulación sin fin de capital y para sacar a la luz todas las contradicciones ocultas que guarda en sus talleres y que trata de no hacer visibles.
El trabajo asalariado aparece a la luz cada vez más un montón de fragmentos de nuestra vida codificados y cronometrados, despegados de cualquier idea de sociabilidad y ajenos a un fin con un sentido estructurador objetivo. La misma idea de sociabilidad ha sido puesta a trabajar, es decir a producir plusvalía y enajenación, invirtiendo su valor de uso: el disfrute de compartir una experiencia, para convertirla en un valor de cambio cuyo fin es el beneficio económico y por ello destruyendo el uso mismo de su valor. Por ello la intervención antagonista desde el trabajo se nos vuelve cada vez más imposible. El rechazo al trabajo marca el camino a seguir y situarse afuera de esta sinrazón práctica es la única salida para construir otra relación al margen del Capital. Los tiempos del movimiento obrero generador del rechazo al trabajo asalariado dentro de las empresas han pasado a la historia. El ciclo subversivo de los 60 y 70 fue aniquilado por un Capital inteligente que supo recuperar la lucha contra la opresión de la fábrica de la juventud proletaria y de la contracultura anticapitalista para convertir esa salida liberadora del orden fabril, en una precariedad opresiva subsumida en la fábrica total en la que han convertido a la sociedad entera. Lo mismo podríamos decir del rechazo al trabajo reproductivo y doméstico por parte de las mujeres y a su huida del mismo, recuperado por el sistema en occidente para externalizar y precarizar sus condiciones e incorporarlo así en fuente de valorización mayor y más aprovechable.
El tiempo de crisis pandémica pese a todos los llantos y quejas autocomplacientes de una izquierda ausente y perdida en fetiches que han quedado enterrados en el basurero de la historia, ha abierto una grieta en la conciencia social. Una grieta tosca, fea, con múltiples aristas cortantes y peligrosas que pueden vestirse como negacionistas, conspiranoicas, protofascistas o religiosas pero que deja camino a una salida. Pasar entre estas aristas es difícil, explicar las contradicciones reales del sistema tampoco es fácil, pero es la única forma de agrandar la grieta. No partimos de cero al menos, o en principio no deberíamos partir. Si los milenaristas en la Edad Media desconocían el proceso histórico y la ciencia económica que lo regía hoy en día tenemos acceso a este conocimiento. La memoria histórica del conflicto y sus causas, de los vaivenes, golpes, contragolpes, errores y desviaciones totalitarias ayudan sin embargo a explicar el presente desde una perspectiva comunista actualizada. El viejo topo no paró nunca de cavar y lo sigue haciendo pese a que nadie lo vea.